“CORTÁZAR EN SALADILLO”

Libreta de Enrolamiento de Julio Cortázar

Libreta de Enrolamiento de Julio Cortázar en el Distrito Militar Nº 21 de Saladillo

(Una colaboración de Natalia Sarramone)

De golpe estoy en París el año de mi llegada, y al mismo tiempo estoy en Saladillo, en la estanzuela de Micheo donde aprendí a montar a caballo y tuve una yegua, la Prenda, a la que le debo mucho en materias que asombrarían a los pedagogos“, escribió Julio Cortázar en un libro al que llamó “Último Round”, allá por 1969, año en que muchos de sus lectores aún no habíamos nacido.

Porque para su sorpresa, los libros que pensó para adultos se poblaron de jóvenes miradas tanto en el siglo pasado como hoy, 26 de agosto del 2014, cien años después de su nacimiento.


Algunos dicen que a causa de este centenario, el 2014 es el año de
Cortázar. Otros se animan a decir que además, el 12 de febrero se cumplieron treinta años de su muerte, como si no siguiera vivo en todas las páginas y tintas y rayuelas que leemos y pisamos todavía. Insoportablemente vivo se nos vuelve hoy a los saladillenses nativos y por adopción al enterarnos que este señor estuvo viviendo en nuestros pagos, respirando nuestras primaveras y pisando en otoño las abuelas de estas hojas secas.

Un aviso en un diario de la zona buscaba a un joven con buena caligrafía y ortografía para que ocupase el cargo de oficinista de la seccional 21. Y así llegó Cortázar a Saladillo. Empezó a trabajar el 1° de marzo de 1934. Cómo no imaginárselo a Julio cruzando la calle San Martín, entre Taborda y 12 de Octubre, donde vivió una parte de su vida. De profesión maestro, tenía no más de veinte años cuando algún saladillense le sacó aquella foto y le entregó su libreta de enrolamiento.

Cortázar, hombre de las grandes ciudades, caminante de París y de Buenos Aires, guardaba en su memoria los campos del Salado. Y se le venían a la mente esos gratos recuerdos de repente, sin llamarlos, cuando años después caminaba por calles francesas.”Porque en ese París del 51, ya tan lejos del campo argentino del 35, una tarde en que andaba por la rue St-Ferdinand la sombra de la Prenda me cayó encima con su olor a pasto y a cojinillo sudado, entré a un café del lado del Pasage d’Oisy y escribí un poema donde todo se daba a la vez como se me estaba dando, un galope de coñac en una mesa de mármol brotada de cardos, un mozo de café con una rastra en la mano“, cuentan las letras de “Último Round”.

Los años que siguieron fue maestro en la Escuela Normal de Chivilcoy, donde llevaba una vida solitaria, entre eternas lecturas y creaciones que nunca se animaron a publicarse. “Llevo en Chivilcoy lo que yo entiendo una vida de estudio (y sus habitantes, de encierro)“, relata en uno de sus cuentos, “Distante Espejo”. Dictaba clases por la mañana y por la tarde se dedicaba a la literatura. Entre los años 1939 y 1942 leyó las obras completas de Freud, varios cuentos de Kafka, novelas en inglés, historia y poesía. Retiraba los libros de la biblioteca de la escuela y los devoraba cada día sin parar. Cuando alguien lo invitaba al cine a o un café, sus negativas oscilaban entre el sonriente “no” y el silencio.

Su habitación en la pensión en la que vivía se componía de libros, diarios, una botella de whisky, un cortaplumas, un cartón, una pava, un mate y no mucho más. Casi nunca salía de allí. En esa misma época fue también profesor en el Colegio Nacional de Bolívar. Y algunas biografías citan a Saladillo como la tercer ciudad bonaerense en la que Julio enseñó.

El escritor también nombra a nuestra ciudad en “Lucas, su patriotismo”, cuando resumiendo pequeñas cosas que extraña de la Argentina, dice: “Del país me queda un olor de acequias mendocinas, los álamos de Uspallata, el violeta profundo del cerro de Velasco en La Rioja, las estrellas chaqueñas en Pampa de Guanacos yendo de Salta a Misiones en un tren del año cuarenta y dos, un caballo que monté en Saladillo, el sabor del Cinzano con ginebra Gordon en el Boston de Florida, el olor ligeramente alérgico de las plateas del Colón“.

Y también hace presente a Saladillo en un cuento más volcado a la ficción, donde podemos deducir que sus tiempos aquí lo llenaban de nostalgia y le daban un recuerdo con gusto a vacaciones. “También a Doro le estaría pasando lo mismo en La Plata, cada tanto Aníbal pensaba en mandarle unas líneas porque Doro no tenía teléfono, después venía Beto o había que preparar algún trabajo práctico, fueron meses, el primer año, vacaciones en Saladillo, de Sara no iba quedando más que alguna imagen aislada, una ráfaga de Sara cuando algo en María o en Felisa le recordaba por un momento a Sara“, escribió en “Deshoras”, ya en 1982, dos años antes de su muerte.

A través de su pluma Cortázar nos dejó dicho que Saladillo fue para él un tiempo de aprendizaje, de uno de sus primeros trabajos, de montar una yegua y ponerle un nombre propio, de extensas lecturas. Época de preparación, como la de aquella oruga que aún no sabe todo el cielo que le espera. Y por qué no, años de inspiración, de los primeros pasos de su interna rayuela. Recuerdos de aire puro y sencillez que aun en ciudades como París se le venían a la mente, y se le mezclaban con los mozos franceses y la maravilla siempre tan increíble de sus palabras.

 

Natalia Sarramone

One Comment

  1. Graciela Savone 2014/08/26 21:19 Responder

    Qué bueno este informe!!!me enorgullece pensar que ha estado en Saladillo, mi pueblo, que le ha dejado su marca, y lo nombra en distintas obras. Como siempre Marcelo , gracias por seguir rescatando la historia del olvido…

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