“LA ODISEA DE UNAS CAMPANAS”

CampanasEn un artículo anterior hemos dado cuenta del arribo del Cura Travascio a Saladillo en 1887 (1). Allí señalamos que permaneció al frente de la Parroquia hasta el año 1901, cuando fue trasladado inmerso en una polémica con el fundador de “El Argentino”, Víctor Simón.

Próximamente, como parte de las notas que HISTORIA SALADILLO viene realizando en vistas al Sesquicentenario de la Parroquia de Saladillo, haremos una de carácter más general sobre este Cura e interesantes hallazgos que hemos realizado sobre él.

Pero antes, queremos compartir algunos pasajes de aquella polémica con el periodista. Más allá de a quien asista la razón, nos pareció interesante darla a conocer, por el tono sarcástico, divertido si se quiere, y porque rompe con el mito de los antiguos curas como autoridades intocables.

Hablando de “campanas”, tan solo nos ha quedado registrada la del periodista, por lo que no podemos emitir juicio sobre la polémica. Artículos como el que transcribimos a continuación, hay varios, los que si son de interés continuaremos publicando.

 

¡Válgales Dios por campanas y por estar bendecidas, ya que los curas se han vuelto (algunos) campanicidas!

 

La historieta que voy a contarte querido lector, (hemos convenido todos los escritores en que el lector o los lectores sean siempre queridísimos amigos nuestros) la historieta, digo, que voy a referirte, sucedió en un pueblo de los que forman la grandiosa provincia de Buenos Aires y de cuyo nombre no quiero acordarme, entre otras causas, por no darle que sentir a sus pacíficos moradores.

Es pues el caso que en el pueblo que me refiero había y aún hay un pequeño cuanto pobrísimo templo cristiano y en él unas pequeñas campanas o címbalos (que más les cuadra el segundo que el primero de los nombres) las cuales servían como en todo el orbe católico para congregar a los fieles, al son de sus metálicos sonidos.

Era guardián o pastor de las almas que concurrían a este redil cristiano un sacerdote muy hombre y muy todo lo que ustedes quieran pero muy mal ministro del señor,      y a este mal ministro se le ocurrió la peregrina idea que os voy a explicar, Deo volente.

Sucedió pues que un día una de las campanitas, cansada de los porrazos que el sacristán le venía aplicando desde hacía treinta y cinco años, prefirió suicidarse a seguir siendo esclava de las tiranías del culto y de los fieles y diciendo tac, reventó de una vez y para siempre, quebrantando los preceptos de la religión de Cristo que veda a todos los que están bajo su jurisdicción todo acto atentatorio a la propia existencia, bajo pena de no ser enterrado en sagrado e ir a los profundos infiernos el que lo contrario hiciere.

Así las cosas, digo las campanas, no había más remedio que sustituir la rompida (Uds perdonen el barbarismo) por otra sana y a tal efecto el pastor o guardián de la iglesia comisionó a unas señoritas para que recaudaran     entre el pueblo el dinero que era menester para la adquisición de otra campanita (sana, por supuesto), cosa que las señoritas hicieron y a lo que el público correspondió a pedir de boca; por lo cual en breve fue comprada la campanita sustitutora y… aquí comienza la odisea.

¡Válganos Dios lector y que poco duran las glorias de este mundo! Lo digo y tú lo dirás también cuando te hayas enterado de la efímera que fue la gloria de la campanita que nos da tema, a mí para escribir este artículo y a ti para leerlo.

   Vino en triunfo desde la Capital Federal el un tiempo feliz y hoy desgraciado címbalo; lo bautizaron con faustuosísima pompa; pusiéronle lo menos media docena de nombres cual si hubiese nacido en Portugal y… cuando creyó que la iban a elevar mas alto que nadie, esto es a la torre de la iglesia, lo llevaron ¡asómbrate lector! Al fondo de un corralón que circunda a la misma.

Allí, colgado de unos palos en forma de cruz, está el pobre esquilo en compañía del otro, del viejecito que tocó durante treinta y cinco años en lo alto de la torre, y que más humilde y mas sufrido que su viejo compañero no quiso morirse.

¡Pobrecito! Lo bajaron cuando ocurrió el suicidio de su compañero de fatigas y nunca más lo volvieron a elevar… por no gastar dinero.

¡Tacaños!

Y hoy, míralos lector, al viejo y al joven compartir la misma suerte y lamentarse de la crueldad del avaro padre que los condenó al más inicuo ostracismo.

Parece cuando toca que dice el viejo:

« ¡Dame padre, dame padre, la altura que me has robado!»

Y el otro:

« ¡Para despreciarme así no me hubieras bautizado!»

¿No es cierto que dan pena las campanas del pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, lector?…

 

Víctor Simón – “El Argentino” – 18/11/1900

 

(1)   http://historiasaladillo.com.ar/hs/2014/03/el-arribo-del-cura-travascio-a-saladillo/

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