ALBERTO BENÍTEZ: EL HISTORIADOR DE «LA 31»

Alberto Benítez

Centenarias palmeras de la Avenida 31 de Julio (Mariano Acosta) entre Moreno y Belgrano
Alberto Benítez

Para cruzar al otro lado de la estación, por avenida Belgrano, lo hacía por un caminito serpenteante de tierra, que Alberto Benítez se encargaba de mantener libre de yuyos. “Chau pibe”, me saludaba. Yo, para él, era el nieto de Jesús Moreno, el viejo herrero de «La 31».

“Beto” vivía del otro lado de las vías, en Belgrano y Etcheverría. Yo, un poco más allá, del otro de lado de la ruta. Desde allá, es otra la perspectiva para ver la historia. Alberto nos la contó y yo trato de seguir ese camino que él dejó libre de yuyos.

Marcelo Pereyra

Comparto un artículo del periódico “El Argentino”, con motivo del 125º Aniversario de Saladillo, en el que Alberto Benítez nos cuenta la historia de mi querido barrio «La 31»:

 “UNA HISTORIA HECHA CON LADRILLOS DE TIEMPO”

Tal vez lo primero haya sido la rastrillada india, después el camino, más tarde el “carretero”, formando meandros, eludiendo lagunas. En 1863 se adjudican las “suertes de quintas”: las irían ocupando Manuel Olartecoechea, con tres “e”, primero en instalarse, Asencio Villarroel, Ángel Terrile y Juana B. de Caravallo.

En 1880 ya estaba cercana la llegada del ferrocarril y frente a los terrenos designados para levantar la estación al oeste del pueblo, lo que antes era una angosta calle, un simple sendero, se transforma en una ancha avenida al que las autoridades le dan el nombre de 31 de Julio como un homenaje a la fecha fundacional de nuestro pueblo. A partir de allí, la “31” fue referencia clara y precisa, como un punto cardinal. “Vivo detrás de la 31”, o “estoy pasando la vía, en la 31”.

Así abreviando se fue llamando “la 31” al barrio enmarcado entre las vías del ferrocarril y las avenidas Cabral y Pereyra, el más antiguo de Saladillo. Al influjo de la avenida 31 de Julio nacen dos plazas: la España, cancha de Urso y la Italia, campo de Argentino, las que al tomar auge el deporte de los “gringos”, el fútbol, se convertían en el correr del tiempo en campos para la práctica de este deporte.

Lenta pero firmemente el barrio se constituye en importante núcleo poblacional, algunas veces con viviendas muy modestas, como el rancho de barro que con el tiempo se irían reemplazando por casas de ladrillos. Van surgiendo las esquinas de los Monteverde que aún subsiste, la de Faraone, la de don Víctor Rodríguez, que además era acopiador de aves, la quinta Otamendi, Mango, etc. Don Babil Arbeloa, viejo vecino, trabajador incansable que hacía viajes de ladrillos en un carretón tirado por bueyes. A todo esto don Manuel Olartecoechea disponía una gran cantidad de frutales, acacias, eucaliptus y álamos.

La firma Rafael Domínguez hacía construir sobre la avenida “31” enormes galpones para el depósito de cereales y con desvío ferroviario. Hasta allí llegaban las chatas cargadas de don Damián Arbeloa. Precisamente en terrenos de la quinta de Domínguez y en una vivienda de su propiedad abría sus puertas en 1912 la Escuela Nº 2, llenando así una sentida necesidad. Por aquel tiempo ya había ganado fama como domador don Feliciano Coronel, en cuyo palenque se veían briosos pingos amansados.

La laguna de los Olarticoechea, ubicada en lo que es hoy la ruta 205 entre Moreno y Belgrano era una atracción de niños y jóvenes. Allí concurría Tito Taravella a efectuar sus “volaciones” con extraños aparatos que se mantenían en el aire. Siempre llevaba en sus bolsillos una cajita de fósforos. Cuando tenía que rescatar un aparato hecho con totora que caía a la laguna, se le “prendían” los saguaipés y la única forma de despegarlos era quemándolos con la llama de un fósforo. La lenta fragua del tiempo le iría dando a ese niño un perfil insospechado en la aviación argentina. Anciano pero erguido y lúcido siempre llegaba al barrio “la 31” como él decía, a la laguna de sus sueños, convertidos con el tiempo en realidad.

La curtiembre de Gaddi daba vida y trabajo a numerosos vecinos. Don Agustín Poggi, padre del recordado “Pocholo” frente a la tranquera de la estación era la parada obligada para el truco, el copetín o comprar algo en el almacén. Mientras tanto el barrio se iba agrandando con familias como Poggi, Sturla, Prusia, Lamaita, Jauregui, Picot, Royo, Burgos,Di Benedetto, Maidana, Ramundo, Blanco, Ibarra, Susperregui, Guerini, Avila, Moscatello, Aversi, Manzi, etc.

En épocas de elecciones el barrio era “muñequeado” por radicales y conservadores, pues allí en “la 31” había un buen caudal de votos. El ferrocarril desplegaba enorme actividad y era fuente de trabajo para carreros, bolseros como los Pallero y otros.

Quién no recuerda la empresa “La Confianza”, de don Evaristo Pérez, con sus hijos Orlando, Chicho y Neno acompañados siempre con “Rafa” Olarticoechea. Ellos eran los encargados de la carga y descarga de los vagones en la estación para el importante comercio de aquel tiempo; toda una garantía de trabajo y rectitud.

Los terrenos ferroviarios, la carbonara, eran lugares ideales para el fútbol. De esos potreros surgieron valores que dieron jerarquía a ese deporte. En el año 1927 las autoridades municipales reemplazan el nombre de la “Avenida 31 de Julio” por la Mariano Acosta en homenaje al que fuera ministro en 1863 y luego gobernador en 1872. Esto no trajo ningún cambio en la denominación del barrio ya que todos los saladillenses seguían aferrados a llamarlo “la 31”. Era lo único que recordaba la fecha muy cara a nuestros sentimientos que recién se hizo costumbre después del centenario en 1963.

En 1928 el gobierno del Dr. Valentín Vergara adquiere la quinta de don Francisco Mango. Allí se iban a levantar las instalaciones de las aguas corrientes. Saladillo tuvo así la oportunidad de tener un servicio de agua potable mucho antes que pueblos más importantes. La construyeron los radicales, pero inauguraron su servicio los conservadores en noviembre de 1930. El barrio crecía con las orgullosas “aguas corrientes” y su enorme parque. Es con la empresa constructora que llegan los jóvenes José Leonardi, Pascual Mantero y Pedro Cocco. Terminada la obra se radican aquí casándose con vecinas del barrio.

Don Pedro Cocco abre un almacén y despacho de bebidas en uno de los extremos norte del barrio. Había de todo como en Gathy Chaves, al decir de los vecinos. Aún hoy y fallecido este esforzado inmigrante italiano su esposa doña Clara Tenaglia de Cocco sigue sirviendo al barrio como hace 50 años atrás. Boliches para recordar: el de Aníbal Torres, años después el de José Sobrino donde recalaban a abrevar muchos vecinos el “bon vin” o la grapa. Solían escucharse payadas, cantores y algunos entreveros.

Otras cosas que deben recordarse son el mercadito de don Ángel Ramundo, los torteros Grimaldi e Ibarra, los “patitos”, Peralta con su carro tirado por su caballo Chiche. El taxi de don Cleto Burgos, el único con teléfono en el barrio, el “ajero” Costa.

Un polo de atracción en verano y a la siesta era el tanque de Domínguez, allá por 1946 o 47. Allí ejercían la natación Laurita, Olga, Nenacha y otras bellezas femeninas. Los chicos de aquel tiempo pensábamos que si vestidas eran esculturales, en malla (enteriza), serían aún mejores. Para verlas a unos 100 metros gateábamos entre cardos y cicutales. Valía la pena. Ni Esther Williams en “Escuela de Sirenas”, ¿se acuerdan?, era tan completa. Lástima grande que la “tanga” haya llegado tan tarde.

A comienzos de la década del ’50 se asfalta la ruta 205 y ello marca una etapa importante para el barrio, se revalorizan los terrenos, surgen casas de material modernas a la vera de la ruta. Lo bodega Burnie, hoy desaparecida, dio trabajo a numerosos vecinos. Comienzan a aparecer nuevos comercios y los primeros “amagos” de inundación que se harían más ostensibles años después. Luego, la Escuela Nº 2, de líneas modernas, la Capilla de Fátima, le iban dando al barrio otro aspecto. Se seguía llamando “la 31”.

El 1º de febrero de este año a las 7 horas y en la misma esquina donde se instaló el primer poblador del barrio, don Manuel Olarticoechea, comienza el hormigonado de la avenida Mariano Acosta, en su cruce con Belgrano.

Desde hace algunos años, más exactamente desde 1983, se pretende cambiar la denominación de “la 31”. ¡Nada menos que al barrio más antiguo de Saladillo! ¿Qué leyenda negra pesa para que se quiera suplantar su nombre? Quizás las motivaciones de imponer otro nombre residan en el desconocimiento de su historia y el por qué se llama así. Pese a todo se seguirá llamando orgullosamente “la 31”, pues esto ya se ha hecho carne en el pueblo y porque atesora en su corazón calles con nombres tan queridos como Miguel Ángel Volonté, Juan Carlos Dellatorre y Asencio Ibarbia. Un barrio hecho con ladrillos de tiempo.

Alberto Benítez.

“El Argentino”, 30/07/1988

5 Comments

  1. Alejandro Mariotto 2015/10/19 23:29 Responder

    Muy buena nota, gracias por reproducirla.
    Seria bueno que las autoridades municipales, algún día, publiquen un libro con todas estas notas de Don Alberto Benitez.
    Me gustaría saber si quedó algún plano de ese desvío ferroviario.

    • admin 2015/10/20 10:43 Responder

      No he visto planos del desvío, pero todavía lo recuerdo. Pasaba entre el último galpón y la balanza, cruzaba la Mariano Acosta y se introducía en los galpones de Domínguez!

  2. Javier Montebello 2015/10/20 12:01 Responder

    Sin palabras. Un maestro. Gracias Marcelo por aportar esta información tan útil. ¡Abrazo!

    http://www.lamanana.com.ar

  3. juan 2015/10/21 1:51 Responder

    Que linda nota, de mi querido barrio donde pase mi hermosa infancia, yo tuve el privilegio de conocer a doña clara cocco una persona muy especial para el barrio, a mi humilde entender una de sus calles tendría que llevar su nombre

    http://juandante70@hotmail.com

  4. julio saizar 2017/03/13 21:47 Responder

    Marcelo. gracias por reproducir esta hermosa nota y el recuerdo para el historiador ALBERTO BENITEZ , hace mas de treinta años tuve la suerte de comprar el terreno donde esta la palmera de la izquierda y hace dies que esta emplazada alli mi casa de familia , que fue diseñada en funcion de la ubicacion de la Palmera .

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