“¡QUÉ MODERNOS LOS ANTIGUOS!”

Telegrafista

Telegrafista

La explosión de internet, las redes sociales y la telefonía celular han modificado nuestros hábitos sociales de un modo inimaginado. Ello nos lleva a cuestionarnos sobre esa vorágine en la que estamos inmersos, en la que las relaciones humanas parecen deterioradas, a pesar de vivir en un mundo hipercomunicado. Los vínculos parecen rotos, las normas de cortesía olvidadas, el hábito de la lectura perdido, etc.

Pero: ¿Es nuevo todo esto? El hallazgo de un artículo de hace un siglo, en el periódico “El Pueblo” de Saladillo, parece demostrarnos que no. Compartirlo nos parece un aporte interesante a la reflexión. ¿Qué hay de nuevo en nuestros planteos actuales?; ¿Qué hubiesen dicho nuestros ancestros de los avances tecnológicos de hoy?; ¿Es éste un problema tecnológico o antropológico?

Muchas son las preguntas que se pueden suscitar, quizá surja también alguna respuesta. Vayamos al artículo en cuestión:

Tranvía

Tranvía

“LA VIDA MODERNA”

Nuestras costumbres se han cambiado. Se vive a prisa, muy a prisa, con una carrera vertiginosa.

El telégrafo y el teléfono han transformado la vida. Ya no se escribe, se telegrafía; ya no se hacen visitas, se habla por teléfono.

La correspondencia ya casi no existe; el telegrama barato ha remplazado a la carta.

Una carta, una visita, es tiempo perdido cuando se tiene el teléfono y el telégrafo y la vida es corta.

El automóvil en que nos empujamos, remplaza hoy al coche de alquiler o el tranvía, porque va más de prisa.

Y en esta vida moderna, que corre a vapor, algunas de las cualidades de nuestra raza desaparecen deshechas. Se vive de prisa y no hay tiempo de ser corteses. Nos empujamos unos a los otros, a codazos, para subir al asalto a los tranvías.

La cortesía es ya una cualidad de los pueblos atrasados. Concluirá por carecer por completo de encanto esta vida moderna, a pesar de su lujo y de su confort.

El libro ya no se lee, es demasiado largo. Lo que se lee es el diario, la noticia breve, el telegrama que tiene al corriente del hecho brutal que es preciso conocer.

Si el libro desaparece, para vivir pronto, ¿se van a perder todos los encantos de la existencia?

Decimos que el libro desaparece y nos engañamos, nunca por el contrario se ha producido tanto. Los escaparates de las librerías desaparecen bajo el montón de libros que aparecen cada día, y sin embargo, hay que confesarlo, se lee menos.

Nuestra vida a vapor es una carrera; hay que dejar descansar a veces los caballos. El hombre también lanzado a la carrera loca de la vida, tiene necesidad a veces de respirar. Necesita reposo, paradas benéficas; especie de oasis en que vuelve a adquirir fuerzas, antes de lanzarse de nuevo a la vida.

Y en esas paradas, gusta encontrar goces nuevos que la rapidez de una carrera no le permitió apreciar.

Entonces se da cuenta de que es bueno que haya a su alrededor libros que el desdeñaba, obras de arte que no conocía aún.

Y en esas paradas el arte adquiere otra vez sus derechos.

A pesar de todos los cambios que nos trae la vida moderna, nunca decaerán los derechos soberanos del arte y de lo bello.

Saladillo, “El Pueblo”, 14/04/1907

Celulares en el subte

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Estación de subte

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