“GUILLERMO ENRIQUE HUDSON EN EL MANGRULLO”

Hudson en El Mangrullo

Hudson en El Mangrullo

En el tiempo mismo en que se estaba fundando el pueblo de Saladillo llegó a la estancia “El Mangrullo” un viajero que fue recibido por el mayordomo del establecimiento, el Comandante de Guardias Nacionales Dionisio Pereyra. Se trataba del escritor Guillermo Enrique Hudson quien recorrió la pampa en esos años, cargando sus ojos de recuerdos que luego volcaría en sus libros, durante su autoexilio en Inglaterra.

Pereyra fue miembro activo de la Comisión Fundadora del Pueblo y protagonista central en la lucha contra los Pueblos Originarios en esta parte de la frontera. Seguramente en alguna rueda de mate Hudson habrá recibido de primera mano los relatos de esas historias. Si bien escribió sobre su paso por “El Mangrullo”, es una pena que no nos haya dejado un relato de nuestros años fundacionales, escritos por la pluma de tan eximio escritor.

Los Veinticinco Ombùes

Los Veinticinco Ombùes

Guillermo Enrique Hudson era el cuarto hijo de un matrimonio que llegó al Río de la Plata en los tiempos de Juan Manuel de Rosas, procedentes de Boston.

Con el poco dinero que traían, compraron una pequeña fracción de campo cerca del arroyo Las Conchitas, en un paraje conocido como “Los Veinticinco Ombúes”, por la presencia de esa cantidad de los robustos árboles pampeanos junto al camino. Esa zona forma parte en la actualidad del partido de Florencio Varela.

Allí transcurre la primera infancia de Hudson, hasta que en 1846 la familia se traslada a Chascomús, a establecerse en la estancia “Las Acacias” donde su padre trabajará de administrador y abrirá también una pulpería.

Cuando Guillermo ya era un adolescente, ante el fracaso de esos emprendimientos, deciden regresar a su vieja propiedad de “Los Veinticinco Ombúes”.

Se produce entonces la muerte de su madre, lo cual le genera un profundo dolor. Quizá motivado por este hecho o talvez porque ya se consideraba un mozo que debía buscar su propio destino, inició su periplo por la llanura bonaerense.

Recorrió huellas y trabajó de peón en cuanta estancia se lo permitieron, pero fundamentalmente registró en su memoria cada detalle de los lugares por los que anduvo. Observó a los hombres, atesoró los dichos y costumbres, se enamoró de la naturaleza, de las plantas, de la fauna y particularmente de los pájaros.

Por millares andaban en las lagunas, ríos y cañadas; se los veía como nubes en el aire, tal como los estorninos en Inglaterra cuando se congregaban en los lugares donde anidaban”, escribirá algún día con nostalgia.

Canal 16 en El Mangrullo

Canal 16 en El Mangrullo

Fue en ese deambular que llegó un día de 1863 a la estancia “El Mangrullo”. Fue recibido, como dijimos, por el Comandante Dionisio Pereyra, quien le dio hospedaje algunos días, los suficientes como para que muchos años después, al escribir su obra “Un Naturalista en el Plata” (1892), recordase su paso por Saladillo y describiese la fauna de esta zona en aquellos años.

Cuenta Guillermo Enrique Hudson en ese libro:

Uno de los pocos casos auténticos que yo he encontrado acerca de un animal defendiéndose contra un ser humano, me fue relatado en un lugar de la pampa llamado Saladillo. Cuando llegué allí de visita abundaban pumas y jaguares, y ello resultaba tremendamente dañoso para el ganado vacuno y caballar. Aún no se había tenido en cuenta la introducción de ovejas, pero inmensas piaras eran criadas en las estancias, siendo estos animales capaces de protegerse por sí. Un gaucho lugareño, quien se había distinguido repetidamente por su audacia y destreza para matar jaguares, hizo que fuera considerado -por consenso general- el jefe de todas las cacerías de tigres. Un día, el comandante del distrito reunió entre doce a catorce paisanos, entre los cuales se encontraba el famoso cazador y matador, y salieron en busca de un jaguar que había sido visto en las inmediaciones de una estancia. El animal fue casualmente hallado y rodeado, y como se deslizaba entre los altos pastos de la pampa, donde el procurar enlazarlo era no sólo muy difícil sino peligroso, todos se volvieron hacia el famoso cazador, quien de inmediato tomó su lazo y procedió sosegadamente a preparar el armado del mismo. Mientras estaba así ocupado, cometió el error de permitir a su caballo el cual estaba inquieto, ponerse de flanco al animal acosado. Al instante el jaguar supo tomar ventaja de este descuido y, surgiendo de su escondite, se arrojó primero sobre el anca del caballo; luego, asiendo al cazador por el poncho, lo tiró al suelo, y lo habría despachado con rapidez, si un lazo arrojado por uno de los otros hombres no se hubiese cerrado sobre su cuello en el momento más crítico. Fue rápidamente sacado del lugar y finalmente muerto. Pero el cazador desubicado no se quedó para asistir a ese final. Se levantó ileso pero blasfemando violenta y apasionadamente; sabía bien que su reputación, que él preciaba por sobre todas las cosas, había sufrido un duro golpe y que habría de ser despiadadamente ridiculizado. Montando, se alejó del lugar de su desventura. De cuanto ocurrió en su galope de regreso, no hay testigos, pero su relato, en contra de sí mismo y de su proeza, admite que se acepte como veraz: Antes de haber galopado una legua, y cuando no se había apagado en su pecho el furor, desde la vera del camino irrumpió un puma de entre los altos pastos en su camino pero no hizo ningún intento de escapar; se limitó a incorporarse, dijo, y mirarlo de modo provocativo y audaz. Su primer pensamiento fue matar el animal con el facón y vengar de ese modo la afrenta que acababa de recibir. Se apeó, maneó su caballo y entonces empuñando su facón, se abalanzó sobre el puma. Este no se movió. Levantando su arma le asestó un golpe con tal fuerza que debería de haberle partido la cabeza si éste hubiese caído en el lugar exacto, pero con un rápido movimiento el puma lo eludió y levantándose al mismo tiempo, con la rapidez del rayo, le dió al agresor un golpe en la cara con su garra abierta, arrancándole literalmente la piel de la mejilla, dejando el hueso al desnudo. Después de infligirle tan severo castigo y de contemplar a su enemigo caído por unos segundos, se alejó a un tranquilo trotecillo. El herido logró montar y seguir su camino hasta su casa. La carne desgarrada fue restaurada, los jirones de piel cosidos, y finalmente se curó, mas quedó totalmente desfigurado; su carácter también cambió totalmente; se tornó arisco y morbosamente sensible a la burla de sus vecinos, y no volvió a participar jamás en sus expediciones de caza.

Puma de las pampas

Puma de las pampas

Le pregunté al comandante y a otros si tenían conocimiento de algún caso en la zona en el cual el puma hubiese demostrado algo más que una actitud pasiva y amistosa hacia el hombre; como respuesta me hicieron conocer el siguiente episodio ocurrido en el Saladillo pocos años antes de mi visita: Los hombres partieron un día más allá de la frontera para formar lo que se llama un cerco para cazar avestruces y otras presas. Los cazadores, alrededor de treinta, se abrieron en un amplio anillo y, avanzando hacia el centro, con la excitación de la cacería y atentos a fin de evitar y prevenir que avestruces, ciervos, etc., pudiesen volverse y escapar, no notaron que uno de ellos había desaparecido; sin embargo, su caballo regresó al atardecer sin su monta. A la mañana siguiente se organizó otra expedición en busca del desaparecido. Fue encontrado tirado en el suelo con una pierna rota; había caído al comienzo de la cacería. Contó que una hora después de haber oscurecido había aparecido un puma y se había sentado cerca suyo, aun cuando no aparentaba haberse dado cuenta de su proximidad. Después de un rato comenzó a inquietarse y a alejarse y regresar.

Finalmente tardó tanto en volver que pensó que, para su bien, se había retirado. Cerca de medianoche oyó el rugido del jaguar y se dió por perdido. Al incorporarse sobre un brazo pudo ver la silueta del animal que se arrastraba cerca de él, pero con su cabeza vuelta hacia otro lado, y parecía estar observando un objeto sobre el cual estaba por arrojarse; luego se alejó de su vista, y oyó regaños y gruñidos y el grito agudo del puma. Supo así que las dos bestias peleaban. Antes del amanecer vio al jaguar varias veces, pero el puma renovaba su contienda una y otra vez hasta que con la llegada del día, ya ni vio ni oyó nada.

Aun cuando la historia tuviese aspectos extraordinarios, no los presentaba para mí, pues yo había sabido de otras anécdotas de naturaleza similar en distintos sitios, algunos mucho más interesantes que el que he relatado, pero éstos no los obtuve de primera fuente, y por lo tanto no estoy capacitado para atestiguar su veracidad; en cambio, en este caso tengo la certeza de que nada me podía hacer dudar. Todo cuanto he oído anteriormente me obliga a creer que en realidad el puma posee un instinto único de amistad hacia el hombre cuyo origen, tal como otros bien conocidos instintos animales, permanecen en el misterio”.

Y en otro pasaje de su obra Hudson relata:

Cuando al chajá se lo cría desde pequeño, se torna manso y afecto al hombre, y no muestra deseos de regresar a su vida salvaje. Hubo uno criado en la estancia llamada Los Mangrullos sobre la frontera oeste de Buenos  Aires, cuyos moradores me hicieron un curioso relato. El ave era un macho, y había sido criado por la mujer de un soldado del lejano fortín de “La Esperanza”, a unos cuarenta kilómetros de Los Mangrullos. Cuatro años antes de que yo lo viera, los indios habían invadido la frontera destruyendo “La Esperanza” y las estancias en sus cercanías. Por varias semanas el chajá vagó por el lugar visitando las estancias en ruinas, aparentemente en busca de seres humanos, y al llegar a Mangrullos, el cual no había sido arrasado y estaba aún habitado, se afincó, y nunca más demostró deseos de irse. Era muy manso y convivía con las aves de corral durante el día, y de noche buscaba en su proximidad un lugar alto donde posarse, quizá por saberse en compañía, pues en su estado natural duermen en el suelo. Era amistoso con todos los habitantes del lugar, excepto con uno, un peón. Desde el primer momento demostró su animosidad contra éste, amenazándolo con sus alas, erizando sus plumas y graznando como un ganso enojado. El hombre tenía un rostro trigueño, lampiño, y se creía que el chajá lo asociaba en su mente con los salvajes que habían destruido su primer hogar.

Chajà

Chajà

Cerca de las casas había una laguna, nunca seca, la cual era frecuentemente visitada por bandadas de chajáes salvajes. Siempre que aparecían, el animal manso se dirigía para unírseles, y si bien es cierto que ellos tienen carácter tranquilo y raramente pelean a pesar de sus armas defensivas, invariablemente atacaban con furia al visitante, persiguiéndolo hasta la casa, y no cesaban la misma hasta que no hubiese buscado refugio en el corral. Parece que juzgaban a este pájaro dócil que vivía con los hombres como un renegado, y por lo tanto lo odiaban.

No hacía mucho que estaba en la estancia cuando se comenzó a notar que, con asiduidad, seguía a los pollitos, prestando aparente interés por su bienestar y aún instándolos a seguirlo. Se le ofreció una nueva nidada de pollitos como experiencia y de inmediato se hizo cargo de ellos con gran satisfacción, y los dirigía cuidadosamente a buscar su alimento, imitando el quehacer de la gallina. Al hallar que era tan buen ayo, se le entregaron numerosas tandas de pollos. Cuantos más pollitos se le entregaban, mayor satisfacción demostraba. Era divertido ver a este chajá grandote con treinta o cuarenta pelotas de algodón amarillo siguiéndolo, mientras él se desplegaba majestuosamente, apoyando sus patas con sumo cuidado e hinchándose con enojo y celo si se aproximaba algún perro o gato”.

Luego de su paso por Saladillo, «el inglés Uson», como le decían los gauchos, se incorporó al servicio de frontera en el fortín de Azul. Después de lo cual, y tras la muerte de su padre, partió a Inglaterra, donde vivió hasta el final de sus días recordando a la lejana pampa en sus escritos.

Una de sus últimas obras fue “Allá lejos y hace tiempo”, la cual sin lugar a dudas inspiró a nuestro historiador Alberto Benítez que tituló a su cronología histórica, “Allá lejos y aquí cerca”.

Paraje El Mangrullo

Paraje El Mangrullo

One Comment

  1. María Cristina Rivanera 2017/07/04 19:04 Responder

    La casa natal de G.E. Hudson es hoy un museo provincial ubicado en Florencio Varela y que puede ser visitado por el público.

Deja un comentario

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>