“DON GABINO SALGUERO, SOLDADO DE FRONTERA”

Don Gabino Salguero - Fotografía del Periódico «Las Noticias» -  06/10/1934

Don Gabino Salguero – Fotografía del Periódico «Las Noticias» – 06/10/1934

Vivió en Saladillo, allá por 1934, un viejo gaucho que contaba por entonces con 80 años de edad. Su nombre era don Gabino Salguero y se comentaba en el pueblo que había sido soldado en los fortines, en los tiempos de la lucha contra el indio.

Don Orlando Sanguinetti (1), con su olfato de historiador y periodista, decidió entrevistarlo, dejándonos el testimonio directo de lo que era ser un soldado de frontera en esos tiempos lejanos.

Los fortines contaban en sus guarniciones con un comandante y dos o tres suboficiales permanentes. El resto de la partida se completaba con gauchos que trabajan en las estancias próximas o con los que, por la subjetividad de los Jueces de Paz eran juzgados como «vagos y mal entretenidos».

Así eran mandados estos pobres gauchos, a pelear en la frontera contra los Pueblos Originarios que resistían el despojo de sus tierras. Gauchos que arriesgaron sus vidas por las tierras del patrón y que terminada la lucha, siguieron siendo lo que eran: ¡Gauchos pobres nomás!

Soldado de Frontera - Pintura de de Elodoro Marenco

Soldado de Frontera – Pintura de Elodoro Marenco

Don Gabino Salguero, había nacido en el partido de Lobos, allá por 1854. Siendo apenas un mozo de 18 años, mientras realizaba tareas rurales en los pagos de Cañuelas, fue reclutado por el Gobierno para prestar servicios en la frontera Sur.

En esos fortines – recuerda – rodeados todos de zanjas profundas y con pequeños ranchos como habitaciones, debían pasar los soldados los días y las noches, en continua vigilancia. Eran como ratoneras, bajitas y oscuras, donde nos amontonábamos para dormir.

En las inmediaciones, cada uno tenía su correspondiente corral zanjeado también, para refugio de sus caballos, y luego todo era campo, estando los fortines más próximos a cinco leguas de distancia”.

Cada día debían prestar el servicio de guardia, consistente en caminar por sobre un terraplén cercano a la empalizada, levantado con la tierra extraída del foso. Y también el «mangrulleo», en el que subidos a una precaria torre de palos, debían tener la mirada atenta a cualquier movimiento que pudiera indicar la presencia de indios. Los relevos en estas guardias eran cada dos horas.

Otra misión eran las «descubiertas», en las que dos pares de jinetes partían rumbo a los fortines próximos. Una pareja lo hacía el sur y la otra hacia el norte. Llevaban la correspondencia y los partes con órdenes y novedades. A la mitad de la distancia existente entre uno y otro, se encontraban con las patrullas que con igual fin habían partido del otro fortín. Allí intercambiaban las correspondencias y regresaban a su lugar de origen. Si por alguna razón este encuentro no se daba, era motivo suficiente para poner en alerta a toda la línea de fortines.

Para comer contaban con reses que los Jueces de Paz recogían en las estancias de sus respectivos partidos. El menú se completaba con toda clase de bichos que aprovechaban a cazar en las «descubiertas». Mulitas, peludos, patos, liebres, gamas, avestruces, perdices y muchas otras especies iban a parar al asador, cocinados penosamente con un fuego alimentado con cardos secos y duraznillos.

Cuando me reclutaron me dieron un caballo – comentaba don Gabino -, pero llevé mi apero, el que usé mientras duró mi servicio. Me dieron dos mudas de ropa interior, un traje de brin de soldado y un kepi oscuro con franja colorada. La ropa la lavábamos nosotros mismos y teníamos que cuidarla, sino nos castigaban.

Nos dieron armas enseguida de llegar a la frontera: un sable corvo y largo con su cinturón y una carabina de cargar por la boca, que para hacerlo después del primer disparo, se tardaba tanto tiempo que los indios podían lancearnos a su gusto.

No nos pagaban sueldo. A veces podíamos vender algunos cueros y las plumas de avestruces que cazábamos en las descubiertas. De ese modo teníamos algo de plata para pagar los vicios”.

En las inmediaciones de los fortines siempre había algún pulpero que les compraba esos frutos de la caza a muy bajo precio y les vendían caro lo que los soldados precisaban. “Cobraban cincuenta pesos por medio frasco de ginebra, pero por un peso teníamos cigarros para pitar”.

Si el soldado cometía alguna falta, dependiendo la gravedad, era estaqueado al sol o colocado en el cepo varias horas, imposibilitado de moverse, en una posición incómoda y dolorosa.

Dos años le tocó estar a don Gabino en la frontera y cuando lo licenciaron le dieron 150 pesos. ¡Dos años de servicio, por apenas un frasco y medio de ginebra!

Con ese dinero pudo pagar el servicio de caballos en las postas, para llegar hasta Lobos. “Allí quedé de a pie, pero con recado y la ropa del gobierno”, comentaba el anciano casi con un tono de consuelo.

Las «Descubiertas» - Pintura de Elodoro Marenco

Las «Descubiertas» – Pintura de Elodoro Marenco

Yo después de salir de la frontera trabajé otra vez como peón y gané hasta trescientos pesos por mes, y sólo el gobierno dispuso de mí de nuevo, en el año ’74, cuando la revolución”. Esto fue, apenas un año después de que le dieran la baja.

Efectivamente, en septiembre de 1874, don Gabino se encontraba trabajando en la estancia “San Francisco”, perteneciente al ex Juez de Paz del partido del Saladillo, don José Atucha. En abril, se habían realizado las elecciones presidenciales, en las que Nicolás Avellaneda se impuso a Bartolomé Mitre, pero este consideró que el resultado era fraudulento, y el 24 de septiembre, cuando debía asumir el nuevo Presidente, se declaró en rebelión.

El enfrentamiento se dirimió en el campo de batalla, en las inmediaciones de la estancia “La Verde”, acciones en las que tuvo parte activa el Batallón Saladillo de Guardias Nacionales (2).

Don Gabino fue convocado para formar parte del Batallón de Guardias Nacionales de Lobos, que junto a los de Saladillo y Chivilcoy, bajo las órdenes del General José Inocencio Arias, respondían al Presidente electo.

Primero fueron conducidos a Buenos Aires, para ser instruidos en el manejo del “Remington”, moderna arma que se introducía. Posteriormente fueron llevados en tren hasta Chivilcoy y desde allí a caballo hasta los campos de “La Verde”.

Las fuerzas leales al gobierno no alcanzaban el millar, mientras que los revolucionarios conducidos por Mitre superaban los cinco mil hombres.

Como todas las estancias fronterizas, “La Verde” contaba con una zanja que la rodeaba, para protegerse de los indios. Arias hizo acondicionar las zanjas y en ella distribuyó a sus hombres, armados de los poderosos “Remington”.

Desde esa posición, contaba don Gabino, “si matamos a los atacantes, no peleamos con ellos, nos defendimos solamente”. Cada soldado había recibido 120 tiros y durante el combate les fue repartido otro tanto. “¡Mire si hicimos ruido con tanto balazo!”, comentaba Salguero.

La superioridad armamentística fue más fuerte que la numérica, y Mitre presentó la rendición.

El último servicio que le tocó prestar a don Gabino Salguero, fue el de conducir los prisioneros hasta Chivilcoy. Luego continuó su vida, trabajando en los campos de Saladillo.

Solo don Orlando Sanguinetti lo rescató del olvido en aquel reportaje de 1934. ¡Y en buena hora! Porque según los registros del cementerio local, don Gabino Salguero falleció el 3 de mayo de 1938, pero ya ningún periódico habló de él.

(1)   http://historiasaladillo.com.ar/hs/2017/08/don-orlando-sanguinetti-el-historiador-olvidado/

(2)   http://historiasaladillo.com.ar/hs/2015/03/tropas-saladillenses-en-la-batalla-de-la-verde/

One Comment

  1. Alejandro Mariotto 2017/09/10 15:09 Responder

    Muy buena investigación histórica. Gracias por rescatar del olvido a estos gauchos sufridos.

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