“DON NEMESIO DE ORTÚZAR, UN HÉROE OLVIDADO”

Don Nemesio de Ortúzar

Don Nemesio de Ortúzar

El 1º de enero de 1868 se iniciaba la mayor tragedia que Saladillo haya vivido en toda su historia. El conductor de uno de los carros, que en caravana llegó ese día desde Buenos Aires, falleció de cólera. Se inició una epidemia que duró un año, hasta el 5 de febrero de 1869, cuando falleció Anastasia Ruíz, la última de las víctimas (1).

El saldo fue catastrófico y no hubo familia que no fuera alcanzada por la peste en alguno de sus miembros. Sobre un total de 7.000 habitantes en todo el Partido, los muertos fueron no menos de 700, es decir, el 10% de la población.

Toda tragedia tiene sus héroes, por sus actitudes solidarias y de arrojo. Ésta tuvo los suyos y de entre los miembros de la comisión que se formó para afrontar la emergencia, se destacan los nombres de don José Ramón Sojo y don Nemesio de Ortúzar.

Una estación del ex Ferrocarril Provincial y el paraje que la circunda llevan el nombre  de Sojo, pero el de Ortúzar ha quedado injustamente en el olvido, olvido del que lo venimos a rescatar.

Nemesio de Ortúzar nació el 19 de diciembre de 1838, en un pequeño pueblo de España llamado Usúrbil, en la provincia de Guipúzcoa, País Vasco, a sólo 10 kilómetros de San Sebastián.

De espíritu emprendedor, vino a Buenos Aires en septiembre de 1856 e ingresó a trabajar en la importante casa consignataria de don Saturnino Unzúe. Tres años más tarde dejó aquel puesto y salió en búsqueda de nuevas aventuras en la línea de frontera, que por entonces se encontraba a unos pocos kilómetros al sur del Salado.

Al cruzar el arroyo Saladillo, en Partido de Veinticinco de Mayo, había un paraje conocido desde antiguo como El Tordillo y que posteriormente perteneció a Lucas Monteverde, nombre este que permaneció en la estación del Ferrocarril Provincial y el pueblo que se formó en su entorno. Allí, el joven Nemesio entró a trabajar en el negocio de don Gregorio Olmos. Poco tiempo después, en sociedad con Ceferino Elcarte compraron el negocio de Olmos e iniciaron un comercio que será próspero y de larga duración.

Cuando en 1863 el Ministro Mariano Acosta vino a dirimir la cuestión del punto en el que se fundaría el nuevo pueblo, además de algunos estancieros, lo acompañó un puñado de comerciantes rurales, para los que la creación de un poblado era vital a sus intereses comerciales. Se encontraban entre estos últimos los hermanos Francisco y Máximo Cabral, con comercio a orillas del arroyo Las Flores; don José Ramón Sojo, que lo tenía en cercanías del actual Cazón; don Antonio Bozán, de la zona de Del Carril y don Nemesio de Ortúzar ubicado a la vera del arroyo Saladillo.

Allí estuvo Ortúzar, presenciando el momento en que el Ministro habría dicho “Salga pato o gallareta, aquí será el centro del pueblo”.

Todos estos hombres fueron los primeros interesados en adquirir solares e instalar sus casas comerciales en el naciente pueblo. Se dice que fue la firma Ortúzar y Elcarte, la primera en construir un edificio de ladrillo en la esquina de las actuales Mitre y Moreno. Fueron ellos también los primeros en instalar una fábrica de velas, por entonces elemento indispensable en la vida cotidiana.

No habían pasado cinco años de aquel acontecimiento, cuando se desató la terrible epidemia de cólera antes mencionada. El Juez de Paz, máxima autoridad del Partido, junto al docto Víctor Sorreso, formaron una comisión de vecinos para afrontar la crisis. Presidida por Ceferino Elcarte, la componían: José Ramón Sojo, Ceferino Rojo, Nemesio de Ortúzar, Máximo Cabral, Manuel Rodríguez, Aureliano Roigt y Antonio Torrontegui.

Como quedó dicho, Sojo y Ortúzar se destacaron en su accionar, poniendo en riesgo la propia vida por socorrer a sus vecinos. En la quinta de Borrás, zona de la actual rotonda de La Vírgen, se instaló un lazareto y allí fue incansable la tarea de Nemesio asistiendo a los convalecientes y cuidando que se cumpla estrictamente con la cuarentena, para evitar más contagios. Cabe recordar que Saladillo no contará con hospital hasta el año 1906.

Un dato que no es menor a la hora de valorar lo hecho por Ortúzar y Sojo es que, ninguno de los dos cumplía funciones públicas, eran simples vecinos voluntarios y solidarios. Ortúzar siempre fue reacio a los cargos públicos y sólo en 1876, cuando se creó el Consejo Escolar, formó parte del cuerpo por muy poco tiempo.

A pesar de los años siempre conservó una actitud emprendedora y jovial. Comentaba Ibañez Frocham, en el periódico “La Semana” del 21 de septiembre de 1919, con motivo de su fallecimiento ocurrido el 15: “Pocas veces se le habrá escuchado un comentario acre o mordaz, ni un juicio de hombres que diera lugar a juzgar hechos con forma severa”.

Apenas se conoció la noticia de su fallecimiento, el Concejo Deliberante y la Intendencia Municipal dictaron decretos de honores y pasaron notas de pésame a su familia.

En la tarde del sepelio, el comercio cerró sus puertas adhiriendo al duelo y una multitud lo acompañó hasta el cementerio.

Era de esperar que pronto su nombre se viera inscripto en una calle o algún espacio público, sin embargo, sin animadversión creemos, su nombre fue quedando en el olvido. En 1955, su familia decidió trasladar sus restos al cementerio de La Chacarita.

Rescatarlo de ese olvido, no sólo es un acto de justicia para con Nemesio de Ortúzar, sino que es dar a conocer el ejemplo de un hombre solidario, que supo jugarse la vida por sus vecinos en la hora más trágica que haya vivido este pueblo.

(1) http://historiasaladillo.com.ar/hs/2016/05/la-epidemia-de-colera/

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