“CINEMA SALADILLO”

Pablo Zarragoicoechea

Pablo Zarragoicoechea
Fotografía: “El Argentino” – 14/10/1988

En 1989, la película del director italiano Giuseppe Tornatore, “Cinema Paradiso”, obtiene el Premio Oscar a la mejor película extranjera. El film relata la historia de un exitoso director cinematográfico que evoca sus recuerdos de infancia, en el cine de su pueblo. Se trata de una bellísima realización en la que la nostalgia y el amor por el cine despiertan los sentimientos de quienes vivimos los días de gloria del séptimo arte.

El éxito fue total en todo el mundo. En un cine de Buenos Aires la proyección ha finalizado, las luces de la sala se han encendido y el público se retira lentamente. En dos butacas permanecen sentados, abrazados y con los ojos cargados de lágrimas, Pablo Zarragoicoechea y su hijo Pablo. Acaban de ver pasar sus propias vidas por la gran pantalla. Para ellos el film podría llamarse tranquilamente: “Cinema Saladillo”.

Hijos de un fotógrafo de Lyon, los hermanos Auguste y Louis Lumiere, patentaron en 1895 la primera cámara cinematográfica. Las primeras proyecciones fueron cortos, sin sonido y en blanco y negro, en los que se ven la salida de los obreros de una fábrica y la llegada de un tren a una estación. “El regador regado” es el primer film con un actor pago, Jean Francois Clerc.

La novedad se difunde como reguero de pólvora por todo el mundo. El 15 de agosto de 1902, en una noche de frío intenso, la gente se concentra en la plaza del pequeño Saladillo. Por primera vez se proyectan “vistas”, cortas filmaciones con un objetivo fijo, como la mencionada llegada del tren de los hermanos Lumiere.

Poco tiempo después llegan los “biógrafos”, historias que imitan a las obras de teatro, en las que cada acto es un pequeño corto.

Es tal el éxito de estas primeras filmaciones, que pronto los clubes y confiterías del pueblo comienzan a ofrecer funciones cinematográficas para entretener y atraer a la clientela. Se hacen célebres las funciones en el Club Social, donde la máquina es operada por el fotógrafo Valerio Toja de Ortúzar, y las del Hotel Listre de Arnaud Listre.

En 1913, el periódico “El Pueblo” publica una nota titulada “Si no fuera por los cines”, en la que relata lo que las películas generan en los enamorados: “Allí, escuchando el musiteo monótono del aparato proyector, y amparados en la semi obscuridad, mientras en las telas contemplan el desfile de las cintas, sin tener que recurrir a rebuscada terminología, ellos encuentran en el espectáculo el tema de su conversación, de la charla que les interesa, que les facilita la manera de irse descubriendo poco a poco el santuario de sus corazoncitos”. Y remata diciendo: “¡Cuántos enamorados han aprendido, viendo en el biógrafo, toda la poesía que encierra un beso, una mirada, una sonrisa, una mueca!” (El Pueblo, 07/12/1913).

En 1914 llega la primera mega producción, “Espartaco”, en la que se relata la vida del legendario esclavo romano, en 28 actos.

Tanto la Sociedad Española, como la Sociedad Italiana, tenían ya sus grandes salas destinadas al teatro y espectáculos musicales. No tardaron estas, en ser adaptadas para la proyección de películas. La concurrencia al cine era un hecho social de relevancia. Los palcos de las salas servían para que las damas mostraran las elegancias de sus vestidos y para asomarse a observar lo que lucían otras. Entre acto y acto se entablaban conversaciones entre los espectadores que daban lugar a nuevas amistades y noviazgos. Las películas eran acompañadas en vivo por una orquesta que le ponía música. No pocas veces se entablaban discusiones porque el señor de la fila de adelante, se negaba a quitarse el sombrero.

El 6 de octubre de 1927 se produce otro salto revolucionario en la industria cinematográfica. Ese día se estrena la primera película sonora, “El Cantor de Jazz”, dirigida por Alan Crosland y protagonizada por Al Jolson. Ya en 1929, se proyecta en el Teatro Italiano, la primera película sonora en Saladillo.

Es tal el impulso que el cine toma en estos años, que las Comisiones de las Asociaciones Italiana y Española, deciden arrendar las salas a empresarios  que tomen a su cargo las proyecciones de las películas. Es así como en la década del ’30 al ’40, asume esa tarea el señor Federico Zarragoicoechea, padre de Pablo Zarragoicoechea, quien años más tardes también será empresario cinematográfico.

Por aquellos años se produce otro importantísimo avance tecnológico. En 1935, se estrena la película “Feria de Vanidades”, protagonizada por Miriam Hopkins y Frances Dee, primer largometraje en color.

En 1943, el Padre Ráed inaugura el Cine Parroquial, en el edificio que ocupó la primer Iglesia y que hoy es el Teatro la Comedia.

Si bien ya en 1953 llegan los primeros televisores, la mala calidad de las imágenes que eran receptadas por antenas a través del aire, no logran competir con la fuerza del cine.

En 1964 se hacen cargo de la administración de los cines, los señores Pablo Zarragoicoechea y Pablo Fernández. Ellos, durante años nos deleitaron con los mejores estrenos, que traían pocos días después de producidos en Buenos Aires. Quién no recuerda de aquellos días al chocolatero, que con su impecable chaqueta recorría las butacas vendiendo golosinas. ¡Cómo no recordar a Juan Bosco, con su linterna haciendo de acomodador y tratando de calmar el bullicio de los chicos!

Vinieron luego el cable, los videos cassettes y los DVD. Pero el cine se resiste a morir y sigue vivo en las dos salas remozadas, en cada edición del “Cine con Vecinos” y en la reunión de cada semana del “Cine Club” de la Biblioteca Mitre.

Es que el cine ejerce una mágica atracción en todos los que lo conocimos. Decía Pablo Zarragoicoechea en un reportaje que le hiciera el semanario “El Argentino”: “Aunque yo he tratado de hacer con entusiasmo todo lo que he emprendido, al dedicarme a esto (al cine) he descubierto que no hay otra cosa que me guste más” (El Argentino, 14/10/1988).

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